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El fundamentalismo islámico
Por S.S. Benedicto XVI – Joseph Ratzinger.
Prefecto
Emérito de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, Presidente Emérito de la Pontificia Comisión
Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, Ex
Decano del Colegio de Cardenales
Bibliografía: Introducción al
Cristianismo; Informe sobre la Fe; Una Mirada a
Europa; Sal de la Tierra; Mi Vida. Memorias:
1927-1977; Cooperadores de la Verdad; Verdad y
Tolerancia; El Espíritu de la Liturgia; etc.
Pontificado:
Fue elegido Pontífice el
19 de abril de 2005. Tomó el nombre de Benedicto XVI.
Es el séptimo Papa de origen alemán.
En lo referente en lo que se ha dado en llamar
"Mundo islámico" -cuyo rostro multiforme no puede
ser descrito aquí ni siquiera de manera aproximada-
quiero solo referirme de forma crítica de uno de los
lemas del debate contemporáneo, que se ofrece
gustoso como la clave general para el
esclarecimiento de los procesos actuales: la
expresión "fundamentalismo".
Si, en primer lugar, nos aseguramos de forma muy
breve acerca de las bases sobre las cuales se apoya
el renacimiento actual del mundo islámico, saltan a
la vista dos causas.
En primer término, se halla el fortalecimiento
económico y, con éste, también político y militar
del mundo islámico, a partir del significado que el
petróleo ha adquirido en la política internacional.
Pero mientras que en Occidente el impulso económico
ha conducido a un debilitamiento de la sustancia
religiosa, en el mundo islámico se vincula al nuevo
impulso económico una nueva conciencia religiosa, en
la cual se conjugan en indisoluble unidad la
religión islámica, la cultura y la política.
Esta nueva conciencia religiosa y las posturas que
se desprenden de ella se califican hoy en Occidente
como fundamentalismo. Desde mi punto de vista, se
traspone un concepto del protestantismo
norteamericano, en forma inadecuada, a un mundo
conformado de modo distinto por completo, y esto no
contribuye al verdadero conocimiento de las
circunstancias.
El fundamentalismo es, según su sentido originario,
una corriente surgida en el protestantismo
norteamericano del siglo XIX, la cual se pronunció
contra el evolucionismo y la crítica bíblica y que,
junto con la defensa de la absoluta infalibilidad de
la Escritura, intentó proporcionar un sólido
fundamento cristiano contra ambos. Sin duda existen
analogías con respecto a esta posición en otros
universos espirituales, pero si se convierte en
identidad la analogía, se incurre en una
simplificación errónea.
De dicha fórmula se ha extraído una clave demasiado
simplificada, a través de la cual se pretende
dividir el mundo en dos mitades, una buena y otra
mala. La línea del pretendido fundamentalismo se
extiende entonces desde el protestante y el
católico, hasta el fundamentalismo islámico y el
marxista.
La diferencia de los contenidos no cuenta aquí para
nada. Fundamentalista es aquel que siempre tiene
convicciones firmes, por ello actúa como factor
creador de conflictos y como enemigo del progreso.
Lo bueno sería, por el contrario, la duda, la lucha
contra antiguas convicciones, y con esto, todos los
movimientos modernos no dogmáticos o antidogmáticos.
Pero, como se desprende del contenido, a partir de
un esquema clasificatorio puramente formal no puede
interpretarse realmente el mundo. Según mi parecer,
se debería dejar a un lado la expresión
«fundamentalismo islámico», porque oculta, bajo una
misma etiqueta, procesos muy diferentes en lugar de
aclararlos. Habría que diferenciar, según me parece,
el punto de partida del nuevo despertar islámico y
sus diversas formas.
En lo que respecta al punto de partida, me parece
muy significativo que los primeros síntomas del
viraje en Irán fueran atentados contra los cines
norteamericanos. El way of life occidental,
con su permisividad moral, fue asumido como un
ataque a la propia identidad y a la dignidad de la
propia forma de vida.
El mundo cristiano había generado, en los momentos
de su mayor despliegue de poder, un sentimiento
negativo en torno al propio subdesarrollo y dudas
acerca de la propia identidad, al menos en los
círculos cultos del mundo islámico. De este modo,
creció el desprecio frente al confinamiento de lo
moral y lo religioso en el ámbito puramente privado,
frente a una configuración de la vida pública, en la
cual sólo resultaba válido el agnosticismo religioso
y moral.
El poder con el cual ese estilo de vida fue impuesto
formalmente, sobre todo mediante la exportación de
la cultura norteamericana, un estilo de vida que
debía aparecer como el único normal, fue percibido
cada vez más como un ataque contra lo más profundo
de la propia esencia. El hecho de que no sea la atea
Unión Soviética, sino los Estados Unidos de
Norteamérica, tolerantes en materia religiosa y al
mismo tiempo fuertemente marcados por la religión,
los que son combatidos y atacados depende de ese
choque entre una cultura moralmente agnóstica y un
sistema de vida, choque en el cual la nación, la
cultura, la moral y la religión aparecían como una
totalidad indivisible.
Las configuraciones concretas de esa nueva
autoconciencia son muy variadas. El aferrarse
fanáticamente a las tradiciones religiosas se
vincula en muchos sentidos al fanatismo político y
militar, en el cual la religión se considera de
forma directa como un camino de poder terrenal. La
instrumentalización de las energías religiosas en
función de la política es algo muy cercano sin duda
a la tradición islámica.
En consonancia con esto, se ha desarrollado, en
relación con el fenómeno de la resistencia
palestina, una interpretación revolucionaria del
Islam que roza la teología cristiana de la
liberación, y que ha hecho con facilidad una mezcla
del terrorismo occidental, inspirado por el
marxismo, y el islámico. Lo que de manera
superficial se denomina «fundamentalismo islámico»
se podría vincular sin dificultad con las ideas
socialistas acerca de la liberación: el Islam es
presentado como el verdadero conducto de la lucha
por la liberación de los pueblos oprimidos. Por esta
vía, por ejemplo, ha encontrado Roger Garaudy su
camino del marxismo al Islam. Ve en este último el
portador de las fuerzas revolucionarias contra el
capitalismo dominante.
En contraposición con esto, un mandatario
fuertemente marcado por la religión como es el rey
Hassam de Marruecos ha expresado su profunda
preocupación por el futuro del Islam: una
interpretación del Islam que considere como su
núcleo la entrega a Dios está reñida con una
interpretación político-revolucionaria, en la cual
la cuestión religiosa se convierte en parte de un
chauvinismo cultural y con ello se subordina a lo
político. No deberíamos disponernos con tanta
ligereza al análisis de un fenómeno tan completo
como éste.
El Islam, tan seguro de sí mismo, actúa desde lejos
sobre el Tercer Mundo como algo más fascinante que
un cristianismo dividido consigo mismo.
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